Se recomienda ver “El Último Samurái” (2003) antes de leer el artículo.

La familia de Yazid estaba en una zona de muerte. Y Yazid, como todo buen niño, solo podía hacer una cosa: vivir. Smaïl y Malika, sus padres, vieron cómo miles de  sus connacionales argelinos caían a la tierra, producto de las represiones mortales que el ejército francés practicaba. Las matanzas venían presentándose desde hace años y eventualmente, sumándas a la falta de sustento, obligaron a la pareja argelina a huir a Francia. Fue así como se trasladaron al imperio que estaba acabando con su cultura.

No era la primera vez que una población ajena se inmiscuía en occidente. Así lo recuerda “El Último Samurái” (2003), película dirigida por Edward Zwick, que se sitúa casi un siglo antes de la migración de los padres de Yazid, en Japón, cuando el emperador de la época daba la bienvenida a las influencias occidentales. En ese contexto, Japón también se convertiría en una zona de muerte, pero a diferencia de la trama del filme, la historia de Yazid era real.

El niño no nació en la tierra de sus padres. En todo caso, Marsella, su primer hogar, no estaba exento de crímenes y violencia. El barrio en el que se crio era un escenario de delincuencia, prostitución y drogas. Sin embargo, las enseñanzas de sus padres, provenientes de una tierra tan ajena, se sobrepusieron y el niño creció para ser un artista.

En “El Último Samurái”, Nathan Algren, comandante del ejército estadounidense, llega a Japón para dirigir a los soldados locales en contra de los rebeldes samuráis. Adepto a una idiosincrasia bélica de occidente, su vida se redirecciona cuando entra en contacto con la sabiduría tradicional japonesa y cambia de bando. El honor y el respeto se vuelven pilares de sus acciones y, al igual que Yazid, deja de lado el contexto en el que nació para abrirse a las maneras del pueblo que lo encamina.

Entonces el artista se dedicó a la danza. Aprendió, como le gusta recordarlo, de Enzo Francescoli pasos que lo inspiraron, que marcaron una senda para que el desarrollara su propia técnica.

Verlo bailar hubiera sido injusto de no ser tan necesario, porque hacía lucir a sus rivales como trozos de mármol, que él iba esculpiendo a medida que los eludía, y quedaban petrificados en las posiciones que él eligiera. A sus esculturas les dejaba un rictus de desconcierto, un recordatorio de que el cincel esférico se les había escabullido, pero que nunca se había separado de los pies del artista. Tan incisivo como el metal, este instrumento de cuero solo se alejaba cuando él quería, y salía proyectado en dirección a uno de los ángulos del arco o se deslizaba hacia uno de sus compañeros, como el sonido de un dominó que golpea al siguiente, en una serie meticulosamente diseñada.

En el poco tiempo que representa una vida humana frente a la de una dinastía, Yazid estableció su propia doctrina. Aunque de autoría original, el estilo denotaba las cualidades más bellas de la danza que se había practicado por años antes de su nacimiento. Fue así como el artista encarnó una nueva figura: el capitán.

En el largometraje, quien lidera a los rebeldes es Katsumoto, un honorable samurái que acoge a Algren en las tradiciones de su país. Su vida es como la de Yazid. Sobresaliente en sus maneras, con total respeto por la sabiduría ancestral, Katsumoto busca inyectar las enseñanzas de su pueblo a la ola occidental que intenta permear todas las naciones ajenas.

En un último intento de llamar la atención del emperador sobre la pérdida de su cultura, el líder samurái encabeza una ofensiva contra las occidentalizadas filas del nuevo régimen. En su último partido como futbolista, Zinédine Yazid Zidane capitaneó a la selección francesa en final de la Copa del Mundo de Alemania 2006.

Katsumoto y todos los demás samuráis son ametrallados y mueren. Yazid se fue expulsado y luego Francia perdió la final más importante del fútbol.

Después de la ofensiva rebelde, Nathan Algren –único sobreviviente del ataque- se reúne con el emperador, quien conmovido por el acto de Katsumoto pregunta:

Cuénteme cómo murió- ordena.

No- responde Algren-. Le diré cómo vivió-.

Escribe un comentario