Un hombre se ha convertido en abeja. No luce ropa amarilla y negra, tampoco lleva antenas de oficinista en víspera de año nuevo. Vive su propia metamorfosis, al son de una estridente procesión interna, y no se aferra a ninguno de los animales que propuso Nietzsche; él labra un camino a fuerza de empirismo. Se desinhibe de cualquier dinámica común, como la señora que se sumerge en el centro de la ciudad vistiendo, con envidiable pudor, un saco navideño en febrero. Es una abeja y, por ende, aúna en la áspera textura de su nueva piel a la vida y la muerte. Ambas le hacen cosquillas, tonteando como niñas en pijamada bajo la sábana capilar. El sentimiento es como el de una navaja bien afilada, de cualquier barbero de vieja usanza, rozando la yugular con un coqueteo tétrico a temperatura cero.

Por su cabeza transitan imágenes, sorprendentemente vívidas, sobre un lapso borrascoso cargado de angustia inusitada. Él no estuvo allí pero, como en un sueño húmedo, los retratos mentales extienden la experiencia sensorial al resto del cuerpo. Ahora que en su ser cohabitan colores de luz y caos, sabe que no volverá a ver las cosas de la misma forma, incluyendo el rojizo amanecer y la foto del vaso con agua hasta la mitad.

Las abejas polinizan para crear vida. También lo hacen entre ellas mismas. Sin embargo, en el proceso abandonan este plano existencial, con la paz de quien se sabe valedor de una causa más grande que su diminuta manía por acumular amaneceres. Marc Vivien Foé se transformó en abeja la fatídica tarde del 26 de junio de 2003. Lo que no supo fue que, al polinizar, tocó incontables almas a las cuales, al menos, les sembró una semilla de inquietud en sus corazones sobre si vale la pena correr por plástico, tela y cobre, cuando la vida es un soplo efímero que llega a su fin instantáneamente apenas el director de orquesta chasquea los dedos.

Horas después del escalofriante suceso, al portero francés, que permaneció con la cabeza a media asta y los pómulos magullados, le salían las lágrimas sin esfuerzo, como cuando la pena es irrefrenable, durante el himno nacional previo al partido contra Turquía. Aquella era la señal de que la abeja camerunesa, como dicta la ley de su especie, murió para crear vida. Cambió la perspectiva de aquel hombre, lo amistó con su entorno -familia y amigos- y lo hizo retractarse de la promesa de no volver a vestir los colores del Lyon. El resto es materia de los libros de historia del fútbol francés.

La carrera de Grégory Coupet fue una mezcla homogénea de incoherencia, disparate e incisos ilógicos. A fin de cuentas, una puesta en escena digna del teatro del absurdo. Las academias tardaron en reconocerle a dicho género el mérito por lograr esconder, detrás de las risas y los mitos, una profunda crítica hacia el arte propio. Y eso finalmente fue Coupet, la personificación de una inolvidable obra de teatro absurdo.

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