Un trago amargo para comenzar la faena. La pelea del 15 de febrero de 2003 marcó un hito en la historia. Sirvió a favor de aquellos científicos que buscaban nuevos acontecimientos en un milenio totalmente desconocido. Enfrentó a la figura más grande de aquel entonces con la estrella de cine que vivía su época más linda: el apogeo.

La irresponsabilidad de desafiar a la ley. La vena, en su cien, era un reflejo de sensaciones encontradas. De esas que te hacen apretar, inconscientemente, cada músculo de la boca. Formando un cierre total que, acompañado de otros síntomas que decoran los ojos, exponen amargura. Aquel momento en el que Sir Alex Ferguson se volteó en el vestuario, decidido a arriesgar su propia vida para mantener al establishment, se convirtió en una de esas fracciones de tiempo que deciden el destino de la humanidad.

Aquel instante, en el que ambos individuos se miraron de frente, definiría los próximos años para el Manchester United, el imperio más grande de Inglaterra. Con la misma determinación de cuando cruzó la línea de cal para reclamar en medio del coliseo las fallas de su empleado, agarró el guayo con su mano derecha. Jamás, ni dentro de un campo de fútbol, se había reflejado tanta trascendencia en el cuero que protege nuestros pies.

En la misma fracción de tiempo, yacía el lado vencedor de la historia. Su mente era un constante bombardeo de momentos construidos por la masa a su alrededor. El estudiante de aquella clase que vivió la época dorada soñaba con la noche en la que trepó al techo de la escuela para ver el otro lado de la ciudad. Su condado le quedaba pequeño. El mundo, desesperado por encontrar un nuevo sex symbol, le esperaba con los brazos abiertos. Era de esos afortunados que contaban con una máquina del tiempo y, junto a Victoria, construyó una carrera que pasó por las principales capitales de la moda.

Aquel futuro tan prometedor sería realidad a partir de una de las posibilidades que existían en aquella fracción de tiempo. El sacrificio de herir su propio rostro era mínimo, comparado con lo que le esperaba como famoso. Nadie esperaba más que él que ese guayo volara. Era el día D de un plan cocinado a fuego lento, mientras se abrían las puertas del restaurante más grande de la región. Su última mirada antes del momento decisivo transmitía un mensaje claro: David Beckham ansiaba su resurrección.

Lo que pasó a continuación, lo cambió todo. Con la misma fuerza con la que Sir Alex agarró el objeto, lo tiró al suelo. Su mirada hizo un sondeo del vestuario, lleno de simples mortales. La victima, que atesoraba el futuro que le esperaba, quedó petrificada. Nada de lo que había pronosticado se iba a cumplir. Su salida fue negada meses después. Se retiró como varias otras leyendas de su ciudad. Su figura jamás posó entre las principales pantallas de las metrópolis. David Beckham no existió, gracias a aquel guayo que nunca voló.

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