Su cuerpo pertenece a la localidad donde nació. Su alma a otro lugar, cerca de la herencia kurda que le dejaron sus antepasados. Se planteó resguardar aquella religión que le enseñaron de pequeño. Es la misma que occidente acusa de incentivar odio. La acusación perfecta para aquellos que decidieron violar las reglas del sistema. El ser humano suele generalizar, y él entró en ese grupo.

Rebelde desde entonces, no paró de rodar el balón en su infancia. La escuela era solo un medio para llegar a su más grande deseo. Quería que el tiempo pasara rápido, como cualquier persona que ansía la llegada de un momento memorable. De grande, entró a los más imponentes coliseos de su país hasta llegar a la tierra prometida que decepciona a todos por igual. Ni el más importante exponente de esta época pudo tener un final feliz.

Su lugar era más al norte, en una de las islas reales. Venerado como cualquier rey que impuso al pueblo por encima de la aristocracia. Al final son pocos, resguardados en la memoria de aquellos que merecen recordarlos. Personas especiales dentro de otras personas especiales. La concepción divide a los buenos y malos. Él, por suerte, pertenece a los primeros.

Ya han pasado más de cinco años desde que aquel rey se instaló al norte de Londres. Estaba destinado a ello. Es difícil de explicar lo que siente el seguidor de este individuo. Es imposible obtener una sola ruta hacia la veneración. Su sonrisa, tan característica, se convirtió en emblema. Un gran acto de bondad hacia su tierra, al otro lado del mundo, lo inmortalizó. Ya lo tenía todo e incluso más de lo que aquel niño rebelde soñó. Cuando regresó, disfrutó en cada rincón de su reino sin siquiera ser cuestionado por sus habitantes. Por supuesto que los pueblos vecinos lo despreciaron. En parte, por no compartir el mismo sentimiento de aquellos que lo vieron crecer como rey.

Los tiempos, como la historia nos deja bien claro en cada momento que la compone, cambian. Ya no tenía a los mismos plebeyos a su alrededor dispuestos a servir al pueblo. Su más grande confidente había partido lejos, donde el olvido ya era parte de él. Y entonces, con el desafío de aquellos que no lo vieron ejercer, despertó confundido. Cada decisión era cuestionada. Comenzó a entender su realidad. Convivió con ello una y otra vez. El presente no estaba a favor, pero a veces el pasado es mucho más importante.

La confrontación jamás fue una opción, aunque occidente incite creer lo contrario. Su reino se construyó con el esfuerzo de muchos años y eso, para los recién llegados, no bastó. La esperanza de convencer a unos pocos se fue disipando. No buscaba amistad, solo reconocimiento. Era un rey diferente, no le asustaba el final de su era. Reconoció a los primeros no creyentes y se aferró de aquellos que lo siguieron desde el inicio. Disfrutó junto a ellos porque sabía que, en algún momento, iba a morir.

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