Un artista de puño dulce traza una parábola precisa. Por un instante, la pierna de John Ruddy intenta detener el curso de la historia. La pelota se eleva para acabar dándole la razón a Newton. En mitad de la caída, Mario Balotelli la interrumpe para hacer un homenaje a los artistas renacentistas del mármol, convirtiendo una piedra en una obra de arte. Cada uno responde a las coyunturas de su siglo. Lo que para Miguel Ángel eran jornadas, a sol y sombra, de una gota gorda de sudor recorriéndole la sien y unas pupilas desgastadas hinchándose para clamar descanso, le significó a Mario segundos de una pieza artística exprés planeada y ejecutada sobre la marcha. Más que la obra en sí misma, el proceso de confección es un retrato fidedigno del tiempo que le tocó vivir a cada uno.

En un mundo que no acepta las texturas, porque intenta incansablemente dividir las aguas en dos corrientes afluentes indisociables, trata de abrirse paso un díscolo atípico. Dicha textura, peculiar y excepcional a partes iguales, sufre la desgracia histórica de no coincidir con Sigmund Freud. De haberlo hecho, el psicoanalista austriaco lo habría reservado, intencionalmente, para la última frase de su último tratado; haciendo precisión de que la existencia de figuras de dicha índole, es la prueba reina del por qué la psicología está condenada a ser un poder enfrentado con la naturaleza.

Mario Balotelli no es, ni ha sido, rey de nada. Quizá de lo que sí ha llegado a ser extenso dominador es del terreno del absurdo. Claro está, si es que dichas tierras abandonan alguna vez la dimensión de la tinta y la mitología. Lo que lo emplaza a la par de los grandes monarcas de la historia es su profundo sentido de la abnegación. Él es una gran contradicción. Y lo sabe. Abraza su condición cada que puede.  Y se aferra a ella porque prefiere morir, en el plano de su realidad -que es el césped verde y el icosaedro de cuero sintético inflado-, como un rey abucheado y guillotinado en una plaza pública concurrida, antes que pasar desapercibido como un peón que trabaje para los demás, y al que no le dediquen ni un renglón en los libros de historia de los doce pentágonos negros con veinte hexágonos blancos. 

Su condena, ligada al por qué morirá en plaza pública, juzgado por aquellos que lo señalan de no hacer lo que debía con todo lo que tenía, conserva símiles con el recordado Luis XVI. Por escuchar las voces de quienes lo -mal- rodeaban, acabará firmando su acta de defunción. Sin embargo, logrará su cometido: todos lo vamos a recordar, de una u otra manera. Y variará porque la historia es como la belleza: subjetiva a los ojos de quién la percibe.

Si el fútbol es una maqueta, a pequeña escala, de la vida, como nos lo ha probado la historia hasta el hartazgo, estamos tardando en producir fábulas hilarantes para recordar al díscolo Luis XVI de nuestra generación. 

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